No es fácil hallar
algo que cause un efecto tan especial o potente en la mente humana,
particularmente en la masculina, como un simple balón. Chile entero puede
paralizarse o abandonar sus puestos de trabajo más temprano sólo para ver a 22
sudorientos y, habitualmente, mal peinados jugadores que corren
detrás de una pelota por 90 minutos. Es la terapia que anestesia los dolores, el
alimento del pueblo, el antidepresivo que no requiere receta. Y ni hablar del
entretiempo. Si hasta nos volvemos más productivos cuando triunfa la roja tuya
y mía.
Los pueblos y
países se forman de acuerdo a sus éxitos o fracasos. Las victorias militares,
las gestas épicas y las batallas en donde se defiende la bandera pagando con la
propia vida marcan indeleblemente el corazón nacional. El fracaso o la
cobardía, por otro lado, desmoralizan. El pueblo celebra con vítores la entrada
de las legiones triunfantes. O el pueblo llora desconsolado al haber sido
arrasado por el enemigo. Es el orgullo herido ante la impotencia de no haber
sido capaces de dar pelea.
Hoy los deportes
recogen mucho de eso. El carácter nacional se vuelve fuerte cuando se logran
éxitos deportivos. Esto se traduce también en la autoestima social, por así
llamarlo. Es más, me atrevería a decir –sólo una teoría– que incluso el valor del país (como activo) puede cambiar, con un efecto en
el tipo de cambio. Esta tesis se la dejo a un economista de tomo y lomo. Más de
alguno debe haber… Yo me pregunto si, dejando todas las otras variables
constantes, ¿vale lo mismo un país después de ganar una copa Mundial, por
ejemplo? Es que son evidentes las externalidades positivas de los éxitos
deportivos. Bueno, y del deporte en sí mismo.
En consecuencia,
no es de extrañarse que el deporte deba tratarse como un tema de Estado y de
políticas públicas. No puede esperarse que el sector privado cargue con todo el
peso de la inversión básica necesaria. Posiblemente se transformará en un actor
relevante, pero sólo una vez que el negocio tenga perspectivas reales. La
existencia de mecenas del tipo “farkiano”
es positivo, pero no suficiente. Lo que debe entenderse es que, para entrar al
círculo virtuoso de un país “productor” de buenos deportistas, es necesario
invertir con tutti, siendo el Estado
el que tiene que pavimentar el camino inicial. Es un tema muy importante para
el pueblo, la gente como para dejarlo al azar.
El gobierno actual
ha hecho algunos avances y mostrado un real interés, sin embargo el nivel de
inversión sigue siendo insuficiente. Si el mismo caso del gimnasta González
dejó al descubierto la precariedad del esfuerzo. La inversión debe ser acorde a
las metas que se propongan, las que no tienen por qué no ser ambiciosas: tener
a nuestros representantes en lo más alto de la elite deportiva mundial y
posicionar al país como posible sede de torneos de primer nivel. ¿Por qué no
unos juegos olímpicos? Si para ratoneos no se necesita mayor esfuerzo y basta
con el status quo. Todo esto debe acompañarse con un plan moderno que se
ejecute por gente competente. Esto puede ser más complicado…Necesario sería
traer expertos extranjeros, ajenos al cuento político local. ¡Ah!, y la
intervención de casi todas las federaciones deportivas actuales, ¡por rascas!
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